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Padre Pedro Opeka: “No tengo nada y lo tengo todo, porque cuanto más compartí, más recibí”


 

 

Opeka, a quien le han propuesto para el Premio Nobel de la Paz, afirmó este jueves en una rueda de prensa en Buenos Aires que ese galardón se lo da ya la gente y que Dios le ha regalado la “gracia” de confiar en que “siempre se puede salir del pozo de la pobreza”.

“A mi me da el Premio Nobel de la Paz la gente, me lo da todos los años el pueblo de Dios”, dijo a Efe Opeka, de 70 años y 48 como misionero en Madagascar, uno de los países más pobres del mundo y donde lidera un proyecto social que ha sacado a miles de la indigencia.

El misionero admite que el Nobel “es el premio más importante que se da a una persona que trabaja para unir la humanidad para la paz”, pero dice que, como el galardón “está tan politizado” y él es sacerdote, difícilmente lo gane.

“Si me lo dieran, lo que no creo, lo utilizaría para hablar más fuerte en el mundo entero”, afirmó Opeka, que viajó a Argentina para presentar el libro “Rebelarse por amor”, que recoge conversaciones del religioso con el escritor francés Pierre Lunel.

Opeka, hijo de inmigrantes eslovenos, ingresó con 18 años a la Congregación de San Vicente de Paul, con la idea de ser misionero.

Cuenta que a los 17 años, leyendo los Evangelios, descubrió “a un hombre, que se llama Jesús” que le “convenció de lo que ha vivido, de sus gestos de fraternidad, el gran amigo de los pobres, que vivió pobre”.

“Ante esa simplicidad, ese coraje, esa humildad de Jesús, me dije que a este Señor yo lo quiero imitar. Y estoy tratando de imitarlo desde hace 43 años, cuando me ordené sacerdote”, sostuvo.

Conoció en 1970 Madagascar, donde permaneció dos años como misionero, y, tras ser ordenado en 1975 en Argentina como sacerdote, regresó al país africano con el pedido a Dios de “nunca traicionar la causa de los pobres”.

Confesó que lloró al dejar Argentina, pero que, al mismo tiempo, se fue con alegría porque se iba “por un ideal” de “amor y fraternidad”.

En Madagascar trabajó primero en una zona selvática hasta que se trasladó a Antananarivo, la capital del país, y allí se topó con Akamasoa, un gigantesco vertedero de basura donde vivía la gente.

Este “albañil de Dios”, como lo llaman muchos, se puso manos a la obra con la gente del lugar para dar inicio a una obra que ha logrado convertir el basurero en una ciudad para 25.000 personas con casas dignas y que atiende anualmente a otras 35.000 en la asistencia a sus diversas necesidades.

La obra en Akamasoa recibe ayuda internacional pero Opeka se lamenta de la “enfermedad” de la “lentitud administrativa” de muchas organizaciones para enviar fondos para proyectos como los que él lidera, algo que, admite, le ha “enfurecido” en ocasiones.

No esconde las muchas dificultades con las que se ha topado, algunas muy duras, pero dice que no tiene “una fórmula mágica” para enfrentarlas: solo la fe.

“Yo sufro, estoy herido, me duele, lloro, y de rodillas, delante del Señor, le digo ‘ayúdame, yo sé que a ti también te hicieron lo mismo’. Eso es una gracia de la perseverancia. Hasta yo me sorprendo de cómo pude vivir 48 años en Madagascar, en un medio hostil, guardando siempre la confianza de que se puede salir del pozo de la pobreza. Es una gracia que me ha sido dada”, dice.

Opeka contó que hace poco visitó en Roma al Papa Francisco, de quien dijo está en un “lugar de mártir, en el que no se puede complacer y gustar al mundo entero, porque cuando se dice la verdad, muchas veces duele, y cuando se quiere vivir el Evangelio como Jesús, se tiene muchos enemigos”.

“Hay que defender al hermano Francisco”, dijo Opeka, que espera que el Papa visite Madagascar el próximo año.

Opeka, que ayer fue recibido en la Casa de Gobierno por el presidente argentino, Mauricio Macri, tiene por delante una cargada agenda de homenajes, charlas y celebraciones religiosas en varios puntos de Argentina, Bolivia y Uruguay.

La clave para vivir, asegura, es vivir una fraternidad que se concreta en la entrega a los demás y “rebelarse”, pero no con violencia, sino “por amor y para amar”.

“No tengo nada y lo tengo todo, porque cuanto más compartí, cuanto más di, más recibí”, asegura.

 






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