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El poder transformador del amor


¿Quién es Vicente de Paúl? Un hombre de  Dios. Y cuando alguien se deja llenar del  amor de Dios, el curso que sigue su vida es   de consecuencias imprevisibles.

 Al iniciar su carrera eclesiástica, las   motivaciones de Vicente de Paúl eran bien   poco evangélicas. Apenas contaba 20 años   cuando fue ordenado sacerdote, y su   máxima aspiración era obtener algún beneficio eclesiástico para asegurarse unos ingresos aceptables. Indiferente al sufrimiento ajeno, consideraba la miseria como «el resultado de no saberse defender en la vida». Pero para Dios nada hay imposible. Y la Providencia comienza a actuar.

Vicente de Paúl encuentra en su camino a Pedro de Bérulle, un teólogo, que posteriormente sería cardenal, quien le ayudará a profundizar en sus reflexiones y le orientará en su camino. En este tiempo se produce una ofuscación en su mente que le impide entender las cosas de Dios. Esta noche oscura le dura más de tres años.

Sale de ella con una firme resolución: trabajar con los campesinos. Allí se encuentra cara a cara con la miseria, la espiritual y la material. Y las palabras que Jesús pronunció en la sinagoga serán determinantes para clarificar su misión: «El Espíritu del Señor me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Noticia».

Ya su espíritu inquieto no le dejará parar. Conoce su objetivo: evangelizar a los pobres. Y utilizará todos los recursos necesarios para llevarlo a cabo. Por eso, no duda, en Châtillon, de valerse de damas distinguidas para organizar la caridad; no vacila en solicitar ayuda económica para sus pobres a personas influyentes de la Corte; no se acobarda al exigir al Primer Ministro Mazarino que abandone su cargo, por considerarle el causante de la miseria que asolaba París, aunque esta petición le costara ser expulsado del Consejo de Conciencia de la reina Ana de Austria. «Ver a alguien que sufre y no participar con él en su miseria es ser cristiano en pintura, es no tener humanidad, es ser peor que las bestias», llega a decir.

La semilla que da fruto

Vicente de Paúl sigue actuando hoy a través de muchas instituciones creadas por él; la más original, las Hijas de la Caridad, las Hermanas…, que no son monjas.

Cuando un grupo de sencillas muchachas atraídas por el carisma de Vicente de Paúl se pusieron a su disposición para colaborar con él, les advirtió: «Vosotras no sois religiosas… Tendréis por monasterio las casas de los enfermos; por celda, un cuarto de alquiler; por capilla, la parroquia; por claustro, las calles de la ciudad; por clausura, la obediencia; por reja, el temor de Dios; por velo, la modestia». Era una experiencia exclusiva en la época. Y tan radicalmente evangélicas sus palabras que, incluso hoy, nos resultan impactantes: él tenía la certeza de que, si vivían ancladas en la Palabra, podrían encarnarse en el mundo, en cualquier lugar, en cualquier tiempo. Y así ha sido. Sencillas, alegres, vitalistas, vanguardistas, pero muy realistas, las Hijas de la Caridad están hoy presentes allí donde el hambre, el sufrimiento, la desesperanza, han hecho presa en el hombre.

 
 
 
 
 
 
  
 
 






  
  

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